Pistas para entender el coronavirus de Donald Trump

Un domingo de vermut cualquiera. A pesar del distanciamiento social aún podemos oir las conversaciones en las mesas de al lado. Una charla sobre una hospitalización. Sí, en un hospital de Maryland, dice un hombre. Donald Trump se cuela como tema recurrente en la vida de personas a más de 6.000 kilómetros. Con todo lujo de detalles y con muchas teorías conspirativas asociadas.

Durante los últimos cuatro años, Trump ha dominado la agenda mediática; se ha convertido en ‘trending topic’ en el debate público; ha construido imágenes icónicas de enorme trascendencia; y ha movido las líneas de la diplomacia internacional.

La constante Trump

A estas alturas, a cuatro semanas de las elecciones presidenciales, la campaña de Trump es una auténtica montaña rusa, una constante en su mandato pero que ahora está viendo sus límites. Si el martes el primer debate entre Trump y Biden fue más digno de un ‘reality’ televisivo que de una campaña electoral, el positivo de la asesora de comunicación Hope Hicks presagiaba un espectáculo aún más extraño, que acabó de cristalizar cuando América se enteró que el matrimonio Trump tenía coronavirus.

El editor del NewYorker, David Remnick, afirma que «ahora ha quedado claro que la incompetencia, el cinismo y la imprudencia de Trump han amenazado su propio bienestar». Y es que en el debate de Cleveland, Trump acusó a Biden de tomar medidas exageradas contra el coronavirus: “cada vez que lo ves, tiene una máscara. Podría estar hablando a doscientos pies de distancia, y aparece con la máscara más grande que he visto”, dijo el republicano.

Rose Garden, zona cero

Unos días antes, la nominación express de Amy Coney Barrett para sustituir a Ruth Bader Ginsburg a toda prisa en la silla vacante en el Tribunal Supremo fue la demostración una vez más del supremacismo de la idiotez con la que el trumpismo se toma las medidas sanitarias a pesar de los 7,3 millones de casos y 210.000 fallecidos por Covid-19 en Estados Unidos. El acto en el Rose Garden de la Casa Blanca en el que Trump nombró a Barrett dejó un reguero de contagios. Al menos ocho personas que asistieron a esa ceremonia, entre ellos el presidente y la primera dama, han dado positivo. Sencillamente, las medidas de distanciamiento, inexistentes. Sencillamente, las mascarillas brillaban por su ausencia.

Patrones comunes

Este nuevo vaivén en la presidencia de Trump es una demostración más de los patrones comunes que marcan toda su gestión: la constante creación de cortinas de humo; las afirmaciones con desmentidos adosados; rebajar la importancia a la pandemia; exagerar tratamientos y políticas potenciales; y la búsqueda permanente de culpables.

La hospitalización del presidente ha provocado que desde su campaña se hayan anunciado cancelaciones de eventos en lugares clave como Wisconsin, Pensilvania y Nevada. Trump es bueno en las distancias cortas. En las distancias en las que puede organizar mítines electorales con miles de personas y con el Air Force One como gran fondo de escenario.

Trump como maestro de ceremonias es una fórmula buena para recaudar fondos de forma efectiva y crear entusiasmo entre sus seguidores. Su campaña basada en su personalismo extremo necesita de esta activación de masas para recuperar terreno contra el candidato demócrata Joe Biden, que lidera las encuestas y la recaudación de fondos en gran parte debido a la respuesta del presidente al virus al que están combatiendo él y los doctores del Centro Médico Walter Reed.

Este nuevo capítulo de su mandato, algunos, muchos lo interpretan como una estrategia política para crear una disrupción en esta ventaja de Biden. Pero justamente, las últimas semanas, su estrategia agresiva se ha materializado en desviar la atención sobre la pandemia y centrarla en su candidata a la Corte Suprema, a la recuperación económica y a la seguridad ante los disturbios civiles.

La enfermedad de Trump no es ni será una historia de superación, a pesar de las llamadas evangélicas a rezar en directo por un presidente de 74 años, con obesidad y con unos malos hábitos alimentarios. A pesar que el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Mark Meadows, jugara al despiste ante los medios con la salud del presidente a su llegada al hospital: «Los signos vitales del presidente durante las últimas 24 horas fueron muy preocupantes y las próximas 48 horas serán críticas en términos de su atención. Todavía no estamos en un camino claro hacia una recuperación total». 

El positivo de Trump juega en su contra

El primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, quien luchó contra el virus en abril, aumentó popularidad después de su diagnóstico. Más de la mitad de los británicos, el 51%, dijo tener una opinión favorable del primer ministro el día después de su infección, 17 puntos más que el mes anterior.

Pero los votantes estadounidenses pueden tener una perspectiva diferente sobre Trump, quien ha desobedecido los consejos de las autoridades de salud pública y ha favorecido la desinformación.

La crisis médica del paciente Donald Trump también es una lección para nuestro sentido crítico. Estamos inmersos en un mundo con una desconfianza permanente hacia fuentes oficiales, medios de comunicación y determinadas profesiones como periodistas o políticos. Las teorías conspirativas no son patrimonio de los antivacunas o de los supremacistas blancos. Podemos caer en un mundo que Trump no ha inventado pero que ha ayudado a pervertir a extremos considerables.

Dudamos de su positivo como si fuéramos el ‘spin doctor’ de Frank Underwood (un alter ego de Trump, corregido y aumentado); dudamos de los comunicados médicos y de los tratamientos adecuados, como si fuéramos epidemiólogos reputados; dudamos de la información de la Casa Blanca como si fuéramos Woodward o Bernstein.

La presidencia de Donald Trump ha tensado como nadie lo había hecho antes las costuras del sistema democráticos de Estados Unidos.

El escritor Richard Ford cree que Donald Trump «es solo un síntoma desconcertante de una enfermedad más profunda que padece América alimentada por la indignación, la frustración, la desilusión, el miedo, una historia violenta, una constante indefensión e incluso una aversión hacia el estadounidense en el que nos hemos convertido». Indignación, frustración y miedo, las semillas que ha ido dejando por el camino Trump en su afán por pasar a la Historia como el primer y último emperador de una república que se llama Estados Unidos.

El artículo fue publicado por primera vez en ElNacional.cat